La ética de la lengua, según el Apóstol Pablo

“Pablo condena el hablar corrupto… El Cristiano no debe participar en ningún sentido en tales conversaciones, escuchando los cuentos de los hombres que tienen la mente corrompida. Pablo también habla en contra de los calumniadores. Se refiere a ellos en Romanos 3:8 aludiendo al hecho de que algunos estaban diciendo que Pablo enseñaba que el cristiano podreía pecar todo lo que quisiera, porque así abundaría más la gracia de Dios. Pablo rechazó la crítica, diciendo que esto no era lo que él estaba enseñando.

Pablo aconseja a Timoteo que las esposas de los diáconos no sean calumniadoras (1 Tim. 3:11). Dio como una de las señales de los postreros días que habría calumniadores en el mundo (2 Tim. 3:3), e instruye a las ancianas de la iglesia a que no sean calumniadoras. (Tito2:3). Pablo condena a los que hablan de una manera escondida y también a los que hablan abiertamente en contra de otros. De eso Marshall dice: “Pablo está hablando en contra de uno de los males sociales más grandes de este o cualquier otro día, de la tendencia de los hombres y las mujeres a encontrar delicia en destruir el carácter de otros por medio de las cosas falsas que dicen ellos”. A los  colosenses Pablo dice que hay que dejar de hablar palabras deshonestas (Col 3:8). Todos estos usos de la lengua, en una manera negativa, hacen daño a otras personas, y violan el principio del amor fraternal del uno hacia el otro

extracto de Bases Bíblicas de la Ética pág 100,101, J.E Giles, Casa Bautista de Publicaciones

¿Necesitamos Tribunales Eclesiásticos? A ratos pienso que sí.

Ha estado proliferando la fatídica “doctrina” de juzgar a los demás como un deber del contendor de la fe. Claro es que existen referencias que no lo prohiben, pero que tampoco lo alientan como una práctica recurrente si no se ha considerado la vida propia como juzgable. El mismo Jesucristo, la Justicia de Dios, establece un precedente que muchos falaces han manipulado: “El que esté libre de pecado, sea el primero en condenar (lance la primera piedra)”.

No es raro encontrarnos con una maraña de información por medio de los blogs, y temerariamente han aparecido una cantidad de autores que amparados en su “derecho a la libre expresion” se dan el lujo de lanzar acusaciones, la gran mayoría fundadas en las chimuchinas foreras o simplemente en comentarios del nuevo “movimiento de los contra todo” (término acuñado por el Blog Es la hora de ser real para esa tendencia de oponerse a iglesias, pastores, estrategias, etc.). Algunos de esos comentarios obviamente rayan en el sarcasmo, juegan con la ironía, y desarrollan un interesante ejercicio de tensiones y distensiones, verdades y relativismos; a veces suelen aflorar las susceptibilidades, y las carencias de carácter, y no hace falta discurrir tan profundamente para comprender las truculentas motivaciones que mueven a algunos para manifestar su disidencia a ciertos hitos de la actualidad eclesial.

Los problemas que se están generando gracias al “sabio” proceder, además del excesivo ocio “pro-farándula”, son las impensadas consecuencias legales que podrían devenir tarde o temprano, gente con poco sentido común ha logrado obtener tal autoritas que se da el lujo de expresar (gracias al imperium de su “libertad de expresión”) graves acusaciones sobre el color de calcetines que usan cuando van al culto y que comen pan Koshen, a secas: ladrones, lujuriosos, adúlteros, estafadores, etc. Esta mal entendida “libertad de expresión cristiana ” no ha hecho sino crear un ejército de futuros imputados y eventualmente condenados como autores de delitos contra el honor y dignidad de las personas.

¿Podemos o no denunciar estos delitos y otros que suceden en el contexto eclesiástico en cortes civiles o penales? Si un hermano me injurió en el púlpito o en internet, o no quiere pagarme la deuda del préstamo ¿que debo hacer?

¿ Osa alguno de vosotros, cuando tiene algo contra otro, ir a juicio delante de los injustos, y no delante de los santos?

Varios se han basado en 1 Cor. 6:1-11  para alegar que es malo que un cristiano acuda a estos tribunales para hacer exigir sus derechos contra las malas acciones de un “hermano en la fe”, es de deshonra para el evangelio, etc. Pablo no prohibe absolutamente el acudir a la justicia temporal, generalmente conducida por “no creyentes”, pero invita a que, antes de recurrir ante esas autoridades, arreglen sus casos bajo el juicio de cristianos.

¿ O no sabéis que los santos han de juzgar al mundo? Y si el mundo ha de ser juzgado por vosotros, ¿sois dignos de juzgar cosas muy pequeñas?¿O no sabéis que hemos de juzgar a los ángeles?¿Cuánto más las cosas de esta vida? Si, pues, tenéis juicios sobre cosas de esta vida, ¿ponéis para juzgar a los que son de menor estima en la iglesia? Para avergonzaros lo digo. ¿Pues qué, no hay entre vosotros sabios, ni aún uno, que pueda juzgar entre sus hermanos, sino que el hermano con el hermano pleitea en juicio,  y esto ante los incrédulos?

Pablo establece la necesidad de que se organicen tribunales eclesiásticos para tratar con las disputas entre cristianos que no s epueden resolver por medio de conferencias peronales onformales, el problemas es ¿Cómo le damos reconocimiento a dichas autoridades de modo totalitario o más bien absoluto sobre la religión evangélica  si su realidad se basa en la autonomía denominacional y dentro de cada denominación o son congregacionales que siguen el principio aludido o episcopales centralizadas? ¿ Que hacer cuando un bautista dice cosas contra un pentecostal o cuando un asamblea de Dios publica injurias sobre un pastor aliancista por internet o un pastor denosta a otro pastor? Si hasta en las mejores familias sucede.

Que se constituya un tribunal eclesiático dentro de la iglesia local es efectivo y práctico, cada una sigue un determinado procedimiento basado en Mateo 18: 15- 17 ( Si tu hermano peca contra ti…), algunas siguen la literalidad de la Escritura y excluyen al fornicario o al que rehúsa escuchar la razón y continúa actuando de modo dañino para su hermanos. En otras se da la posibilidad de restauración, se le suspende de las actividades de liderazgo y en general de participación activa hasta que arreglen su situación personal, restituyan lo robado, regularicen la convivencia, se sometan a una terapia, etc. ¿Pero a nivel interdenominacional qué?

Hay un aparente vacío en la regulación de tribunales eclesiásticos del apóstol Pablo, él no pensaba en la multiplicidad de denominaciones independientes entre sí y no sujetas a una autoridad central en lo administrativo y espiritual (Concilio de Ancianos, por ejemplo), es obvio que la teocracia apostólica con el correr del tiempo decantó en una especie de democracia cristiana, una especie de continua“Revolución Francesa“, en donde “todos” deciden por todos, y donde “todos” tienen derecho a hacer y a opinar lo que quieran, con sus excepciones. Y entonces frente a este vacío no queda sino sugerir, idealmente pero poco práctico, una sujeción fraternal interdenominacional,  o sencillamente soportar  “proyectos” de tribunales inquisidores de la fe disfrazados en medios de comunicación virtual, impresos y púlpitos, no se respeta el procedimiento de Cristo, y por ende no queda otra sino recurrir a la instancia definitiva, ante las otras autoridades puestas por Dios, y evitar que la impunidad se transmita de boca en boca, de blog en blog.

Mientras se ventilen cuestiones de menester cristiano en público, no queda sino alentar a la cordura de los fiscales (foreros inescrupulosos) y defensores en esta contienda de la fe (profetas inquisidores), y si no te queda otra alternativa, apela al juicio justo de Dios en los Tribunales de Justicia.

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¿Hablando entre nosotros con alabanzas? Modificando nuestra ética del lenguaje cristiano

El Apóstol Pablo en 2 ocasiones presenta la alabanza como lenguaje permanente de los creyentes y entre los creyentes, y desde ya lo presente cómo el Lenguaje Correcto. (Col 3:16; Ef. 5:18-19)

Siempre estuvo preocupado del lenguaje como tal y cómo éste se expresa y desarrolla entre los hermanos unidos por la Sangre de Cristo, incluso respecto de aquellos que suelen llamarse creyente pero persisten en pecar. Porque el tema del lenguaje y del cómo lo hablamos no radica para el Apóstol, en florituras verbales aprendidas en un curso de oratoria, sino que en la fuente misma  la mente. Porque sabía que era aquella parte de todo ser humano que es capaz de rebelarse contra sí mismo, y así las cosas, rebelarse contra otros y contra Dios mismo. En la mente se generan las decisiones y es donde se alimentan las malas pasiones, que luego engendran el pecado.

Entonces, la exhortación amorosa de su puño y letra es a comenzar un lenguaje con fuerte fundamento, porque hablar por hablar, ociosamente, trae consigo un juicio del que deberemos rendir cuenta ante el Trono de Cristo (Mateo 12:36). Y así Pablo, instrumento del propio Ministerio de Jesucristo nos da una pauta para evitar nuestra propia desgracia del hablar sin mesura o con despropósito, nos invita en Filipenses 4:8 a pensar bien, y como consecuencia daremos la sazón debida a nuestro lenguaje, porque hoy por hoy se suele pensar en todo lo que es falso y deshonesto injusto impuro y desagrable, en el mal nombre (mala fama),  en lo que no tiene virtud o no es digno de alabanza, y acá aparecen dos extremos perniciosos, que manifiestan una mente corrompida y llena de maldad. Por un lado, quien piensa así,  actuará de la misma manera, porque el mentiroso antes de actuar con engaño elabora de antemano su mentira, el que roba planifica su atraco, el que juzga injustamente sencillamente manifiesta negligencia en su propio juicio,  y así suscesivamente. Y el otro lado, aquel que solo piensa en estas carácterísticas pero respecto de otro, ocupando su tiempo libre en murmurar o “denunciar proféticamente”. Es que ya pensó en lo falso y deshonesto de otro, y no pensó siquiera si ese otro pudiera ser verdadero y honesto, ni siquiera una medida manifiesta de fe que le permitiera hacer una declaración en ese sentido,  quien actúa “proféticamente”  o se dice profeta debe seguir una regla divina, entre otras que no van al caso mencionar acá, debe actuar con una “medida de fe” (Rom. 12:6). Y fe es ver al falso e indigno como si fueran verdaderos y dignos de alabanza y reconocimiento, porque quien mira al que actúa con injusticia debe aplicar la Palabra viviente, y verlo con los ojos de la fe, cual hombre y mujer justos.

¿Porque el que se mueve en la “denuncia profética” no habla entonces con certeza de lo que no se ve y con convicción de lo que no se espera? ¿ Dedicará siempre su mensaje a hablar de lo que ve o no espera? ¿Es su aspiración entonces seguir “defendiendo la fe”  pagando el precio de ser vomitados de la presencia de Dios? Porque sin Fe es imposible agradar a Dios.(Heb. 11:6)

Si se habla mal o “proféticamente” no es de puro placer o por tener un impulso carismático de un don de ciencia, sencillamente es alguien que requiere urgente replantear su base de datos, ordenarlas bajo el prisma paulino de Filipenses y definir bien si está siendo un “instrumento” para edificar la iglesia, o destruirla, por eso quien mal habla, mal piensa.

Y por eso Pablo nos exhorta a  que llenemos nuestros pensamientos con la Palabra de Dios, que se transformen en sustancia que impregne todo el entendimiento, para que luego hablemos entre nosotros con el lenguaje mismo de Dios, con toda sabiduría, no con palabras llenas de necedad y soberbia; con  alabanzas, salmos, himnos y cántico espirituales, no como una experiencia mística nada más, es la manera correcta de relacionarnos, es el lenguaje de la Nueva Jerusalem a la cual nos hemos acercado, es el lenguaje que tiene el Padre con el Hijo. Porque hablar con la Ética de Dios es hablar con  el lenguaje del amor, de la fe y de la esperanza,  lo único que permanecerá entre nosotros, son 3 cosas que sustentan la Palabra Viviente del Trino Dios, su ADN, y esa Palabra permanece para siempre. Este “trinolenguaje” transforma una mala persona en una digna de alabanza, un mal pensamiento en uno que sea pura virtud, y un lenguaje iracundo y enjuiciador en uno que sea pura misericordia.

Como personas que no saben lo que hacen…

“…Si el problema no es que se nombren a personas, el problema es HABLAR MAL DE ELLAS, tienes todo el derecho dado por la autoridad de la Palabra para CONTENDER POR LA FE, pero el cuidado está en evitar tanta visceralidad y tratar a los demás con la descalificación propia de quien hace que el SOL SE PONGA SOBRE SU ENOJO, Airense, molestense todo lo que quieran si notan a alguien con herejías, denuncienlas, confróntelas, pero evite pecar por medio de la maldición, insultos, sacando en cara cuestiones personales, faltando contra el honor, denostando. NO MURMURAR es respetar a los demás, es hacer a otros lo que no quieres que te hagan a ti, es cerrar la boca antes de hablar con falta de sabiduría, es amar a la iglesia, a tus amigos y a tus enemigos. No se trata de callar ante las falsas enseñanzas o profecías, se trata de mirar a aquello como personas que no saben lo que hacen.”

Llena tu boca de alabanza…

“Sea llena mi boca de tu alabanza, de tu gloria todo el día” (Sal.71:8)

El lenguaje diario nos hace ir en diversidad de divagaciones, solemos leer el periódico o ver las noticias y pronto la tertulia de la sobremesa se llena del comentario del día, tristemente la chimuchina de la farándula impregnó los tabloides de conocidos diarios, y luego nos encontramos hablando de Juanito de las Mercedes y su nueva infidelidad, que el el político Mengano dijo que el Presidente era un fiasco, etc., etc. Con el terremoto/tzunami de mi país  no pasaron las horas y comenzaban las críticas hacia la gestión de nuestros gobernantes, y la actitud tan indolente del periodismo internacional tratando a nuestro país como si fuera lo peor de sudamerica.

Quería opinar, y reclamar frente a tanta mugre mediática que se promovía sobre mi tierra, pero el Espíritu me vivificó la Palabra, y fue así que le dije al Señor “LLena mi boca de tu alabanza, de tu gloria todo el día“. Y cambio mi perspectiva.

Es que muchos se llenan de palabras para halagar, para sobar la espalda de otros, pero también para destruir, para “derribar”, para “desbaratar”, para criticar maliciosamente y  dañar a otros, y la voz de Dios en cuello dice “Llena tu boca de mi alabanza”. Es que todos abusamos de  alguna vez de ese libre albedrío para hablar, sea lo que sea, transformamos nuestros labios en una verdadera arma terrorista contra el pensamiento, contra la dignidad, y llenamos nuestra boca de alabanzas hacia quien dice las cosas mas deslenguadas y “aparentemente” acertivas, sea a un excelente orador contra los carismáticos,  sea  a una tal guerrillera del pensamiento se le ocurra tratar a los demás de enfermos, estúpidos  y necios ¿ es digno de loar por el resto de la blogosfera su aparente actitud de valiente deslenguamiento? Llena tu boca de SU alabanza

Es que llenando nuestros labios con el arsenal del corazón o mataremos o daremos vida, y si la exhortación del salmista es a llenarnos de SU ALABANZA, entonces deberemos depurar nuestro interior de aquello que hace de la palabra una bala de perversos pensamientos, y recurrir con prontitud a todo lo honesto, a todo lo puro, a todo lo de buen nombre, aquello que tiene virtud, aquello que es digno de alabanza.

El terrorismo religioso no es solo vinculable a grupos extremistas de musulmanes que mata cristianos, eso es parte de las guerras y punto, el verdadero terrorismo es el que mata el alma, o intenta corromperlo con la  indolencia.

La murmuración es una forma de actuar terrorista que no desgarra los brazos ni derrama sangre,  pero es tan terrorista como la de la guerrilleras acciones o  los movimientos anarquistas,  debiera ser universalmente condenada con todas sus formas, encubiertas, publicitadas en blog, etc, aquellos que la practican deben  ser considerados como asesinos de la verdad, cuando hablan mal de otros, cuando maquinan en sus corazones contra el  amigo y enemigo.

Llena tu boca de SU alabanza, es usar el lenguaje de Dios para hablar en medio de los afanes de la vida, no solo con la gratitud permanente hacia los cielos y la expresión exultante por SUS proezas, es recuperar el alma del oyente, del lector del que observa, sacarla de las garras infectadas de maldad y ponerla en resguardo, en la fortaleza de la Palabra.

LLenarnos de SU alabanza, no es sólo tararear un cántico en medio de la liturgia, es transformarnos en canción todo el día y desatar la armonía de los adagios del lenguaje, del paso sincopado de una  conversación, y como lo habrá dicho San Agustín  “debemos ser aleluya de los pies a la cabeza“.