Citas del Sermón 49 “El Remedio de la Murmuración” por Juan Wesley

El reconocido predicador por la Santidad de Dios del siglo XVIII, Juan Wesley, de quién se habla como un instrumento para el tiempo de avivamiento que vivió Gales, donde más de 100.ooo personas recibieron a Jesucristo en su corazón, fue sensible a la voz del Espíritu Santo, y reconoció en su contexto que lo que detenía el mover de Él en otras naciones y congregaciones era precisamente el mal de la murmuración.  Juan enseñó a la iglesia metodista inglesa el valor de integridad moral, cívica y espiritual, y por ello se les reconoció dicha integridad por los inconversos y hermanos de otras denominaciones. Decirle No a la Murmuración no es un tema de un par años, el dominio propio sobre la lengua es una cuestión que desde tiempo del apóstol Santiago se venía tratando, y hasta que el creyente poco juicioso e imprudente no entienda esto, siempre la voz del Espíritu Santo hablará con disciplina.

“Muy provechoso será al lector de este sermón meditar sobre aquellas notables palabras de Santiago 1:26: “Si alguno piensa ser religioso entre vosotros, y no refrena su lengua, sino engañan­do su corazón, la religión del tal es vana.” En otras palabras, es­to es lo mismo que dijo el Salvador: “Porque por tus palabras serás justificado y por tus palabras serás condenado” (Mateo 12: 37). Con frecuencia nos olvidamos del principio que contienen estos textos, tanto en el púlpito como fuera de él…”

“No murmuréis los unos de los otros,” dijo el após­tol. Este es un mandamiento tan claro como el que dice: “No matarás.” Empero, ¿quién es aquel, aun entre los cristianos, que respeta ese mandato? ¡Cuán pocos son los que lo en­tienden! ¿Qué es murmurar? No es lo mismo, como suponen algunos, que mentir o calumniar. Lo que dice el murmura­dor puede ser tan cierto como la Escritura, y sin embargo, ser murmuración. Porque murmurar no es otra cosa sino ha­blar mal de una persona ausente; contar algo malo, que dijo o hizo alguno que no está presente. Por ejemplo: Habiendo visto a cierto individuo en estado de embriaguez, o habiéndo­le oído jurar y blasfemar, voy y lo cuento en su ausencia. Esto es murmurar. Hablando más claramente se llama deni­grar. No es muy diferente de lo que por lo general se llama chismear. Si se cuenta el chisme en voz baja y de una ma­nera reposada, tal vez entretejiendo palabras que expresen nuestros buenos deseos respecto de la persona aludida, y las esperanzas que abrigamos de que las cosas no sean tan graves como parecen, entonces se llama cuchicheo. Pero de cualquier modo que se haga, siempre es lo mismo, es la misma cosa, la misma en sustancia aunque sean diferentes las circunstan­cias-es murmurar. Si mencionamos las faltas de alguna per­sona que esté ausente y que por lo tanto no pueda defender­se, hollamos bajo nuestras plantas el mandamiento: `No mur­muréis los unos de los otros.´”

“La generalidad con que se comete este pecado hace que sea difícil evitarlo. Como quiera que por todas partes nos rodea, si no nos apercibimos del peligro y velamos constante­mente en contra de él, corremos el riesgo de ser arrastrados por la corriente. En este respecto, casi todo el mundo, como quien dice, conspira en contra nuestra. Su ejemplo leuda nues­tra vida, no sabemos ni cómo, pero en forma que sin sentir imitamos a los demás… El relatar las faltas de otros, de las cuales creemos estar libres, halaga siem­pre nuestra soberbia. La cólera, el resentimiento y toda cla­se de mal genio encuentran alivio al hablar mal de aquellos en quienes se ensañan, y con frecuencia los hombres satisfa­cen sus deseos torpes y malignos, contando los pecados de Sus prójimos.”

“Es bien difícil evitar la murmuración porque con fre­cuencia nos ataca bajo disfraz. ¡Hablamos movidos de una in­dignación noble, generosa, pura, en contra de estas criaturas viles!¡Sólo con el fin de castigar al trasgresor, caemos en este pecado! “Así se justifican las pasiones,” como dice al­guien, y nos hacen cometer el pecado bajo el velo de la santidad”

Si no hubiera quien prestase oído a la difamación, no habría difamadores. Por consiguiente, si alguien empieza a hablar mal de otra persona, márcale el alto inmediatamente. Rehúsate a escuchar la voz del encantador sin hacer el me­nor caso de la dulzura de su encanto, de la amabilidad de sus modales, de lo agradable de su voz, ni de las muchas protestas de amistad para la persona a quien está hiriendo en la os­curidad, encajándole el puñal arriba de la quinta costilla. Niégate rotundamente a escucharle, aunque te diga que se siente agobiado por este secreto. ¡Agobiado! ¡Miserable! ¿Te sientes agobiado por este secreto? Ve, pues, quítate la carga de encima como Dios manda. Primeramente, “ve, y redar­guye a tu hermano entre ti y él solo;” después “toma con­tigo dos o tres” amigos mutuos, y en presencia de ellos vuel­ve a redargüirle. Si ninguno de estos pasos surten efecto, en­tonces “dilo a la iglesia.” Por vida de tu alma, no se lo digas a ninguna otra persona, ni antes ni después, a no ser en el caso especial en que precise absolutamente proteger al ino­cente. ¿Con qué derecho quieres agobiar a otro, haciéndole que lleve tu carga, que participe en tu pecado?

“…¡Desechad, pues, la murmuración, los chis­mes, la difamación! ¡Que vuestros labios no se manchen con este pecado! Mirad que no difaméis a ninguno. De los au­sentes no habléis nada, sino lo que sea bueno. Si habéis de distinguiros de los demás hombres, sea esta la característica del metodista(agregado por mí: ” sea ésta la característica del verdadero cristiano”): “No habla mal de su prójimo en su ausencia; por esta señal le conoceréis.”

¡Qué efecto tan bendito traerían a nuestros corazones estos sacrificios de nosotros mismos! Nuestra paz correrá co­mo un río si tenemos “paz con todos los hombres.” ¡Cómo abundaría en nuestras almas el amor de Dios, al confirmar de este modo nuestro amor a los hermanos! ¡Qué efecto ten­dría esto en todos los que llevan el nombre del Señor Jesús! ¡Cómo aumentaría el amor fraternal, si se quitase este gran estorbo! Naturalmente se amarían todos los miembros del cuerpo místico de Cristo, “por manera que si un miembro pa­dece, todos los miembros a una” se dolerían; y “si un miem­bro es honrado, todos los miembros a una se gozarían, y to­dos amarían a sus hermanos con un corazón puro y ferviente.”

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